viernes, 28 de octubre de 2016

Epílogo de Sin Nosotros. Libro I.



Epílogo.


—No. 


Rezongó Drake. 

Hay honor en los sicarios por la patria, por eso se disponía a proporcionarle una muerte rápida seccionándole la carótida al rey, cuando se lo impidió. No hay honor en los traidores vengativos, así que añadió:


—Deja que se desangre. 


En medio de un inmenso charco carmesí, el rey se sostenía el vientre desgarrado, rodeado de sus cadáveres fieles, a los pies de la escalinata de acceso al Senado. 


—Sic semper tyrannis —espetó Drake y siguió adelante. 


Ejecutando un plan milimétricamente diseñado, la masacre continuó dentro del Senado cuando masacraron allí mismo a todos los magistrados.

Entrega cuadragésima de Sin Nosotros



Capítulo XL: “Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja”. Proverbio.

Sus asesores le habían aconsejado que restringiese las apariciones públicas. Aunque el rey de Esparta no era de esos que se esconden. 

La entrega de premios a los nuevos licenciados de la academia militar estaba programada como cada año. De las obligaciones asociadas al cargo, aquella era la que más satisfacción le proporcionaba. Sólo aceptó la recomendación de reducir el discurso de treinta a veinte minutos, hacer la entrega de galardones para a continuación retirarse inmediatamente a palacio, en lugar de quedarse en la recepción posterior departiendo con los cadetes. En palacio su guardia de confianza le mantenía custodiado día y noche, después de que la inteligencia militar hubiese advertido de los riesgos a su seguridad. 

Tras la destrucción de Argos, las tensiones intestinas del sistema afloraron abruptamente. La misión a la Tierra había sido la apuesta más fuerte del reinado de Leónidas, pero había terminado en un estrepitoso fracaso. Por otra banda, el rey contaba más de cincuenta años y se había quedado sin herederos. Así que la sociedad comenzó a movilizarse y posicionarse en dos facciones enfrentadas. Unos querían continuar el régimen que les aseguraba su status, mientras otros esperaban una apertura.

No se tenía demasiada información sobre lo acontecido. El capitán de Argos había remitido una comunicación in extremis, reportando del ataque e informando que las naves menores habían sido lanzadas. El alto mando desconocía si había supervivientes. Las posibilidades eran escasas teniendo en cuenta el sorprendente potencial de fuego desarrollado por las defensas extraplanetarias, las dificultades inherentes a una entrada en la atmósfera terrestre y el desconocimiento sobre las condiciones de la Tierra. Sin ayuda externa, la esperanza parecía tener todo en contra. Cada día se enviaban mensajes, esperando escuchar algo más que las vibraciones cósmicas. Si alguno de los chicos había sobrevivido, no podían comunicarse. 

El senado era proclive a la esperanza, después de que Leónidas se hubiese asegurado el sentido del voto. En ese sentido, se aprobó una moción para aumentar la partida presupuestaria y acelerar los trabajos de construcción de Atlas. El consejo de Alfas se posicionaba diametralmente en contra. Argumentaban que se habían destinado demasiados recursos, tanto económicos como humanos, en un proyecto descabellado. Mantenían que el hogar de la raza humana ya era Marte y existían pruebas irrefutables de que la Tierra continuaba siendo territorio hostil. Nadie, ni siquiera los más fieles a Leónidas, se atrevieron a contravenir a los Principales. Éstos, representaban el ala dura del consejo y estaban liderados por Drake. Cuando Leónidas eliminó de la ecuación a su padre, el general Agag, se granjeó un nuevo enemigo.

El statu quo en Esparta pendía de una línea muy fina. 

Utopía seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos. Todos se encontraban profundamente consternados por el desastre, las pérdidas humanas y la incertidumbre, pero no tenía parangón con el presentimiento de guerra inminente. La cónsul Saisha era muy consciente, había tenido con Leónidas numerosas conversaciones en los últimos días, la mayoría sobre el duelo por sus hijos perdidos. Si no era capaz de ejecutar algún prodigioso malabarismo político, previsiblemente el ejército ocuparía el Senado, lo desposeería de sus facultades, destituiría al rey y Esparta se precipitaría hacia un régimen militar. 

—Sé lo que responderás, pero me siento obligada a ofrecértelo. Utopía está dispuesta a prestarte asilo. 

La cónsul sabía que, llegados a ese punto, Utopía estaría desafiando a Esparta. 

Había vivido la guerra en su expresión más truculenta, cuando la obligaron a contemplar la ejecución de su familia, para a continuación, ser torturada y violada hasta el extremo de darla por muerta. Como única superviviente de la colonia minera, prestó testimonio en el juicio por delitos de lesa humanidad contra el padre de Drake. Era muy consciente del sacrificio al que estaba exponiendo a Utopía. 

—Tengo que intentarlo. 

Leónidas no era de los que buscan la salida fácil.  

—Canvas ha diseñado un algoritmo…

Canvas era el alter personal de la cónsul. 

—Y ese algoritmo predice que hay un complot con muchas probabilidades de éxito —continuó Leónidas sereno. 

La cónsul asintió con la cabeza. Estaba realmente preocupada. Con los años, se habían hecho amigos. Atrás había quedado la época del recelo mutuo, cuando enviaba a su mujer para evaluar a Ila. 

—Lo inteligente sería que abandonases el cargo. Podemos diseñar un plan conjunto para desposeer a los Alfas. Tendrías que haberte encargado de ellos hace mucho tiempo. 

Que la cónsul le sermoneases sobre cómo debía o no dirigir los asuntos de su ciudad, al rey no le agradó. 

—Aún me avala una gran parte del ejército. 

La muerte de Voriobov había dejado una vacante libre en otro orden de fuerzas, el de los altos mandos militares. 

—No la mayoría, Leónidas —aseveró, basándose en los informes de la inteligencia. 

Hubo un tiempo en que el rey fue joven, vivaz y muy atractivo, antes de la guerra, las cicatrices y la responsabilidad del poder. Tenía los ojos azules, la tez tostada y el cabello castaño corto y ensortijado, resultado de una bella amalgama racial.

—Me reuniré con mis mandos…

—Es una locura —le cortó. 

—Y trataré de recuperar su confianza. 

La cónsul cabeceó frustrada. Se preguntaba cómo podía ser tan testarudo. Así que se mostró cruda y directa. 

—Muerto no le servirás a ninguno de los chicos. Acepta el exilio ahora que puedes. 

Lo que la cónsul veía como una treta, es decir, una retirada a tiempo para preparar el contrataque, el rey lo entendía como un acto de flaqueza. 

—No me gustaría que mis hijos me recordaran como un cobarde. 

—¿Prefieres que te recuerden como un estúpido?

Estalló, subiendo un grado su nivel de frustración. 

—Hay demasiadas personas a quienes tendría que abandonar. Durante años han estado a mi lado. Si me exiliara, las ejecutarían. 

Pensaba en sus consejeros, en su guardia, en sus amigos, en el pueblo que le vitoreaba. 

—Lo harán igualmente...

La cónsul esperaba convencerlo con argumentos inapelables. 

—Puede… —murmuró.

—Sabemos que Drake está detrás de todo.

El rey se enderezó. 

—Es un asesino como su padre —continuó. 

A distancia, Saisha había seguido los pasos de la progenie del hombre que ejecutó a su familia, vecinos y amigos. Drake era el menor y heredero del linaje familiar. El mayor, Milton, había fallecido en un accidente aeronáutico; y el mediano, Everett, era un proscrito del que no se tenían noticias desde hacía una década.

—Con más razón, debes dejar que lo solucione por mis propios medios —objetó. 

—Leónidas… 

La cónsul se dispuso a protestar.

—No soy ni un cobarde, ni un traidor a mi patria. —Hizo una pausa y respiró profundamente—. No sé cuándo podremos volver a hablar. Quiero pedirte una cosa. Si algo me ocurriese, pero mis hijos hubiesen sobrevivido, diles que creía estar haciendo lo correcto para todos. Ellos lo entenderán. 

—Leónidas, te lo suplico, recapacita. 

Por fin, el rey mostró una sonrisa de comprensión y complicidad, sin un ápice de felicidad. 

—Espero que tu hija esté con mi hijo. 

La frase desconcertó brevemente a la cónsul, hasta ese momento, los había nombrado a los dos, indistintamente. 

—Os parecéis mucho —añadió. 

Sin embargo, la cónsul estaba segura de que Ila no se le parecía en nada. 

Filippo pidió permiso para entrar en el gabinete del rey y anunciarle que se aproximaba la hora de salir a la entrega. 

Se miraron intensamente. Hubo un momento de esos en que las palabras no logran transmitir todo lo que quieren decir. 

—Siempre has sido una buena amiga, Saisha. Ahora tengo que irme… Buena suerte.

Se preparó para cortar la conexión. 

—¿Te refieres a Attis?

Le retuvo con la pregunta. El rey suspiró. 

—La protegerá con su vida —repuso. 

La cónsul sintió un breve instante de alivio, pensando que su hija podía estar viva y segura en alguna parte. 

—Se ha enamorado de ella —añadió.

El rey conocía y comprendía los sentimientos de su hijo. Se había opuesto escudándose en un bien mayor y en la evidencia científica de que Ila era un ser humano sintético. Attis no lo había aceptado. A esas alturas, ya no importaba. 

No fue un descubrimiento para Saisha. Había percibido el interés del chico. Pero en ninguna de las conversaciones que mantuvieron, le mencionó su hija. 

—Es un buen chico —comentó. 

Recordaba al niño que fue. Cuando estaban juntos, Ila lo perseguía, exhortándole a jugar y reclamando su atención constante, mientras Attis hacía gala de una paciencia infinita, porque su hija era muy testaruda y algo altiva.

—Ambos, lo son. 

En la voz del rey, la frase sonó muy triste. Los dos presentían que la situación no podía mejorar.